jueves, 29 de noviembre de 2007

La ciudad no es una fiera

Este cuento es bastante viejo ya. La verdad que escribir cuentos no es una de las cosas que más me gusta. Tampoco creo que sea alg que me sale bien. Pero este siempre me ha gustado. Lo comparto con ustedes.


El monte tiene la espesura de un silencio prolongado que se percibe en el seco rumor de las hojas cuando son sacudidas por el viento. Los hermanos trabajan en su mismo centro, dónde las plantas son incontables.
Mayor corta las ramas más grandes y secas, las que sirven para hacer leña. Menor prepara la trampa que de funcionar atrapará el alimento de la noche y sino tocará otra vez juntar verduras silvestres y hervirlas en una olla sobre brasas.
Mayor golpea con fuerza como si el árbol fuera el espejo de otra forma, de una que incomoda y que hay que derribar para no verse obligado a pensar en esas cosas que afectan con su ambigüedad. No lo han discutido porque las palabras no tienen valor entre ellos, pero él sabe que Menor planea abandonarlo. No sabe cuándo empezó a sospecharlo pero esa sensación que nacía de los gestos y maneras fastidiosas del otro ya es una amenaza inmediata que puede verificarse en detalles inequívocos. No es casual que Menor cargue sus cosas de acá para allá, envueltas en una tela, esperando el momento de agarrar un camino y no frenar más. Tampoco parece casual que Menor ponga trampas de dimensiones mayores a las necesarias como queriendo tentar a una presa grande, a una que le permita sustentarse el largo viaje que lo separa de la ciudad.
La culpa es de aquel extraño que cayó por el rancho con las lluvias de Marzo y contagió a Menor con sus historias fantásticas, con su exagerada visión de la ciudad. Y ahora Menor tiene el deseo.
Mayor golpea con el machete y las ramas caen tan rápido que Menor tiene ganas de decirle que ya hay suficiente leña, que ya puede descansar. Pero el que habla es Mayor: “Imaginamo´ que espera una gran presa , ¿eh?” Menor mira las trampas que fue poniendo por el camino y asiente. “Alguna”, agrega.
Mayor siente que ni bien caiga la presa en la trampa el hermano se irá.
Menor se ha alejado hacia el arroyo, va a tirar la red por si fallan las trampas, hoy no quiere comer verduras. Quizás algún pescado pueda mejorar la dieta.
Mayor baja el machete y piensa en la suerte próxima de los dos, en su soledad inevitable y en las aventuras de su hermano en la ciudad. Sabe que Menor va a sufrir un gran desengaño, sabe que van a quebrarlo hasta hacerlo uno de esos hombrecitos torpes que vienen a recorrer el monte con miedo y espanto en los ojos, con esos gestos artificiosos de asombro y de repulsión por las cosas salvajes y tiene la certeza de que debe salvarlo; evitarle el dolor de esa vida tan estúpida de la ciudad dónde los hombres no pueden ver un amanecer sin consultar en un libro. No quiere que Menor se transforme en sos hombres refinados y complejos que no pueden resistir la simple idea de que un amanecer es eso y sucede y no tiene nada que ver con nosotros, con nuestros pobres dominios. Y entiende que es su deber salvarlo.
Mientras derriba las ramas de los árboles se va acercando a la presencia de Menor que contempla el arroyo. Mayor tiene miedo del golpe que va a dar pero ya lo ha decidido aunque no sabe si por salvar a su hermano o por precipitar lo que intuye irremediable, aquello que ha temido siempre, su terrible soledad.
Entonces siente la mordida metálica en el tobillo y cae.
Menor se incorpora y mira a su hermano que ha caído en la trampa. Recoge el paquete con sus propiedades y siente que tiene que decirle algo a ese hombre vencido que se revuelca en el suelo con furia pero no encuentra las palabras. Empieza a caminar monte abajo hasta que se frena y susurra aquello que siente como una revelación: “la ciudá no e´una fiera”. Luego camina imperturbable entre las hojas que se sacuden a su paso.

1 comentario:

paula varela dijo...

Excelente el cuento!
la atmósfera, la complicidad...
impecablemente escrito...
se nota que tenés oficio... además de creatividad y buenas ideas.

es un gusto visitarte!