jueves, 14 de mayo de 2009

El alma de los hechos II








Casi, casi, que "Como las pequeñas olas del puerto que se repiten sin repetirse" está completo. Nos falta ahora alguien que quiera editarlo, pero esa es otra historia y bastante complicada por cierto. Mientras esperamos el milagro seguimos trabajando en otra novela "El alma de los hechos" de la cual ya les mostré una primera parte y acá les muestro la continuación.
Ahora estamos en el Burguer King. Chirolita le devolvió la camioneta al hermano y nos fuimos caminando. Eran un par de cuadras nomás. Teníamos hambre y fuimos a comer. Con Chirolita vivir es seguir los impulsos. Mientras estamos sentados comiendo pienso en los dos trámites que me quedan. Me voy en dos días pero ya sé que dejaré todo para la vuelta. Estoy en el universo de él y me entrego a sus tiempos a pesar de que no hablamos. Con él, el silencio no es traición es una forma de relacionarse. Me habla de mujeres, está sacado Chirolita, vive solo y está disfrutando.
Mientras lo veo recuerdo mi primera vez. Indudablemente debutamos juntos. No se lo digo. Sólo revivo la historia entre bocados de hamburguesa. Él quizás ni la recuerde porque a veces pienso que todo esto lo inventamos juntos y que yo fui él único que se creyó todo. No tendríamos ni quince años y estábamos en la puerta de aquel boliche al que Chirolita me arrastraba todos los jueves, viernes y sábados, aquel boliche que ardió una noche y al que, como un sonámbulo, corrí de madrugada para ver la cenizas bailando en el aire y comprobar que mi amigo no bailaba con ellas. La noche que ardió no fui de casualidad pero él sí. Tan sonámbulo corrí a buscarlo que crucé la avenida sin ver el auto negro que fue derecho a mi cuerpo y me levantó en el aire. Y en el aire, lo recuerdo tan bien, no sentí nada, ni en el aire ni mientras rodaba por el techo ni cuando di contra el piso. Fue como si todo se suspendiera un segundo y yo no tuviera nada, y yo no fuera nada, sólo una pompa de jabón flotando. Me levanté en seguida. La cosa terminó en la puerta de mi casa en una charla entre el conductor y mi viejo. Fue un mercedes. Lo recuerdo bien, porque mi viejo bromeó con la puntería. Decía que con semejante mira en el capote podría por lo menos haberme dado mejor. Pero yo seguía corriendo, yo seguía corriendo a ver las cenizas y comprobar que mi amigo no estaba bailando en el aire. A penas se resolvió el tema, a penas el señor se disculpó de algo que era mi exclusiva culpa, sin darle tiempo a mi viejo a decirme nada, ya estaba corriendo de nuevo a pararme en la puerta del boliche junto a mi amigo y las ambulancias, los bomberos y la fila de curiosos y padres huérfanos que si veían bailar a sus hijos en las cenizas del viento. Nos sentamos con Chirolita en una de las macetas de la esquina, hombro con hombro y nos quedamos mirando mucho tiempo como se prendía fuego un año de nuestras vidas. Y fue quizás en esa misma maceta en la que estábamos parados repartiendo tarjetas para la fiesta de la espuma, esa fiesta de manotazos de culo clandestinos y de cabezazos contra el piso por no poder evitar resbalar (tan chatas las suelas de las john foos) dónde conocía a Fabricio, uno de esos amigos inexplicables de Chirolita. Le dio un abrazo y me estiró la mano. No lo había visto nunca. Estaba con cuatro chicas. Eran más grandes que nosotros. Rondaban los 17. Una era su novia, las otras tres, amigas. Todavía no había sido lo del Pollo, todavía faltaba un año para eso o quizás unos meses, o semanas. Las cosas ocurren y no pueden medirse. El tiempo de mi pasado es como un resorte dónde todo parece haber pasado junto y, otras veces, todo se estira y parecen años. Pero no, esto fue el mismo año, fue en verano o a fines del año anterior. No recuerdo detalles, por suerte. Sólo sé que en determinado momento estábamos en la casa de la novia de Fabricio.
Si tenía pelos, eran siete y los tenía en mi rodilla y, sin embargo, estaba acostando en un sillón acariciando con timidez unas tetas pequeñas y puntiagudas. Chirola estaba en un cuarto con la más petisa. Fabricio en un cuarto con la novia. La otra hablaba por teléfono en la cocina. Mis besos eran toscos y mis manos solo se apoyaban en las tetas. En mi cabeza no había más que eso. Me sentía demasiado afortunado para intuir que había otras posibilidades. Desde el sillón se escuchaba la cama de Fabricio y algún gemido. Escuchamos risas del cuarto de Chirola y yo seguía dando besos con mis manos duras sobre las tetitas. Entonces, ella hizo todo. Bajó la bragueta. Sacó el forro. Se subió la pollera. Y bailó sobre mi. Si fueron cinco movimientos de ella es porque exagero. Apenas sentí el calor de su interior me fui. No sólo me fui. Sino que me incorporé, me lavé las manos y me puse a contarle cosas. Es decir, no tuve imaginación para suponer que podríamos repetirlo todo durante toda la noche. Y Chirola, mi querido hermano, estaba unido a mi por vasos comunicantes. En seguida apareció por la puerta. Con una sonrisa que le partía la cara en dos. Después, después sabría que habíamos actuado exactamente igual. Son cosas que pasan. No nos quedamos ni tres minutos. Teníamos un hambre demencial y unas ganas de reírnos que no podíamos contener. En el Mc Donalds mientras comíamos nos contábamos los detalles de las tetas y la sensación de irse. La aventura no había durado ni diez minutos y ya nos sentíamos gigantes. No nos importó la risa que semanas después nos echaron las chicas cuando nos vieron en el boliche, ni su falta de reacción ante nuestros saludos, ni la bochornosa mirada que nos dirigía Fabricio de la mano de su chica, ese Fabricio que sí sabía hacer sonar la cama. Pero no faltaba mucho para que el Pollo se nos fuera dejándonos una puerta abierta a la locura, a las camas y a las noches gigantes en la puertita del fondo, en los labios de la negra María.
Mientras comemos las hamburguesas veo que ya no somos los mismos. Esas cosas también pasan.

1 comentario:

Luz Martí dijo...

Maravillosa prosa,Alejandro. Que puedas encontrar pronto quien te edite!!!
Luz Martí
http://labobasemurio.blogspot.com